jueves 23 de febrero de 2012 |
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VIEJOS


Por Juan Carlos Martínez

Lilita Carrió siempre fue de derecha, pero desde hace un tiempo transita abiertamente por ese carril. Sin tapujos. Sin eufemismos. Tanto es así que en determinados temas su lenguaje suele confundirse con el de Cecilia Pando.
Cuando se reinstaló el tema de los hijos robados por Ernestina Herrera de Noble, la líder de la coalición cínica alertó: “Los hijos de la señora de Noble son nuestros hijos”.
Al decir nuestros hijos, la señora de los apocalipsis se ubicó, obviamente, del lado de los apropiadores de niños. Y defendió a capa y espada a la dueña del Grupo Clarín desde lo más ridículo. Como, por ejemplo, sostener que el caso de Marcela y Felipe Noble configuraba un ataque a la libertad de expresión.
Ahora volvió a estirar la lengua para hablar de los viejos. No de los jubilados que hacen cola al rayo del sol y que se vuelven a sus casas porque los bancos no tienen billetes o porque se cayó el sistema. No. Los viejos por los que Lilita está preocupada son los asesinos y torturadores que envejecieron en la impunidad.
“Las personas que tienen más de 70 años no pueden estar en la cárcel” ha dicho la señora Carrió asumiendo el rol de abogada de la muerte.
Si los jueces se hicieran eco del pedido de la diputada, Videla, Menéndez, Bussi y otros genocidas volverían a sus casas, no porque su estado de salud lo aconsejara sino porque el espíritu piadoso de Carrió así lo quiere. A la señora sólo le faltó decir que esos genocidas son nuestros padres, nuestros abuelos.
La ley deja librado al criterio de los jueces la potestad de decidir sobre el lugar donde los condenados mayores de setenta años deben cumplir las sentencias. Sólo cuando razones humanitarias lo justifican, esos condenados –incluidos los que deshumanizaron la vida- pueden cumplir las penas en sus domicilios.
Hay otras personas mayores de setenta años (muchas tienen más de ochenta y algunas andan por los noventa) que no están en la cárcel pero que han sido condenadas a padecer los peores sufrimientos.
Son las Madres y las Abuelas que viven en el tormento de la incertidumbre, bajo los efectos de la tortura psicológica por no saber cuál fue el destino de sus hijos y el de sus nietos. Todas ellas están prisioneras de esos tormentos en una cárcel sin rejas desde hace más de 34 años.
Si el sentimiento humanitario de Carrió fuera sincero, por estas horas su preocupación no estaría centrada en los que envejecieron en la impunidad sino en los que envejecieron en la injusticia.


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