jueves 23 de febrero de 2012 |
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ENTRE JABULANIS, VUVUZELAS Y CÓDIGOS DE BARRAS
WAKA WAKA Y... ¡OLÉ!
Por Luis de Lacandona
Concluyó, en Sudáfrica, el mega
espectáculo televisivo – negocio
de miles de millones de dólares,
en blanco y en negro- organizado
por la multinacional FIFA. Lo visto,
demostró que en el fútbol no todo
depende de lo que pasa en de los
campos de juego.
Convengamos que sobre la gramilla
pasó mucho menos de lo esperado.
Los amantes del fútbol bien
jugado no gozaron de lo que siempre
esperan, quieren y desean. Se corrió
demasiado (una pausa, ¡por favor!) y
se pensó poco. El añejo apotegma de
Renato Cesarini “a jugador parado,
equipo movido” se revalorizó por
y desde la nostalgia. Gran parte del
show deportivo estuvo en las tribunas,
las calles y los vestuarios. Añejos
y remozados escaparates globales
del mercado futbolero, donde hasta
el más modosito se expone disfrazado
con los colores queridos. En ellos
se vendieron y compraron banderas,
gorros, bebidas y vuvuzelas en todos
los idiomas. Y por ellos los futbolistas
se movieron igual que las modelos
en las pasarelas. Publicitando
autos, aerosoles, perfumes, gaseosas
y ropa de primeras marcas. En tanto
que los futbolistas de ayer oficiaron
de periodistas. Y los periodistas jóvenes
saturaron espacios inundados
con contenidos y perfiles faranduleros.
La palabra y el lenguaje acabaron
triturados impiadosamente. En
los reportajes, se preguntaron estupideces
como ésta:
¿Lo viste contento a Diego en el
banco?
No, porque yo estaba jugando...
(respuesta de Lionel Messi a Martín
Arévalo)
Quedó probado que los Mundiales
son, también, torres de Babel
montadas para el turismo. Donde
un solo fonema traduce o hace entendibles
todas las lenguas y dialectos.
Ese vocablo, esa palabra, se llama
gol. Grito que nace del corazón,
desata volcanes de pasiones y gasta
gargantas. Pero el gol escaseó por la
mezquindad del juego.
Este Mundial dio evidencia que
los pícaros y atrevidos, los hábiles y
goleadores ya no abundan. Es que
el fútbol está invadido de especuladores.
Contagio de la globalización
financiera que también lo mueve en
el casino de las apuestas Los números,
además de gobernar el mundo,
han convertido, en el mundo del
fútbol, a muchos en acaudalados
presidiarios de los resultados. Los
futboleros convencidos del valor
de lo lúdico, parecen marcianos o
idealistas. Pero como los resultados
mandan, el mejor resultado es no
perder (puntos y dinero, mucho dinero).
Así jugaron la mayoría de las
selecciones. En consecuencia, no
hubo verdaderos equipos en Sudáfrica.
España, Holanda, Alemania y
Uruguay, fueron excepciones que,
con altibajos, priorizaron lo colectivo
sobre lo individual.
Sin embargo, apenas un puñado
de individualidades salvó el espectáculo.
Jugadores cuyo talento rindió
culto al misterioso atractivo del fútbol:
la improvisación y/o lo impensado.
Artistas que con la pelota en
los pies divirtieron, divirtiéndose;
ases de la gambeta que con sus regates
y amagues quebraron la cintura
mejor que Shakira. Son los últimos
románticos en busca del arco contrario.
Maestros del engaño. Millonarios
sí y a la vez cultores de una
bohemia que despierta nostalgias.
Las tácticas futboleras han suprimido
y desocupado delanteros entre
el Mundial de Suecia y el Mundial
de Sudáfrica. Fueron inventadas por
“planificadores” amarretes. Tipos
que, para ahorrar ofensivas, vendieron
libretos tacaños: con doble cincos
en el medio, cuatro o tres en el
fondo y, eventualmente, dos carrileros
por los laterales. Tipos que suben
y bajan por territorios desolados de
“wines” o punteros y de “halfs” o
marcadores de punta arrojados al
museo del olvido.
Desde 1958 hasta hoy, el fútbol
ha sido “planificado” para jugar con
dos atacantes. A veces con un “lungo”
para cabecear todo lo que caiga
del cielo; y otro tirado atrás. Porque
los técnicos también escribieron la
necrológica de los “enganches”. El
visionario maestro Dante Panzeri,
rebatió esa tendencia a finales de los
’50. “Porque tratándose de manejar
lo imprevisto, como es el fútbol, lo
planificado no sirve; se puede planificar
toda actividad donde no haya
una lucha de oposición directa, pero
es imposible planificar el arte de lo
imprevisto, de lo incógnito” (“Fútbol
Dinámica de lo Impensado”,
Pág. 197, Editorial Paidós).
No obstante, gracias a los Pelé,
los Garrincha, los Overath, los Maradona,
los Platini, los Zidane, los
Iniesta, los Robben y los Messi de
la historia, magistrales burladores
de tácticas con cerrojos, los arcos
siempre estuvieron, y están, muy
cerca para el gol. Pese a los maníacos
enfermizos que planifican el fútbol
24 horas al día. Obstinados en hacer
creer cuán lejos quedan los arcos. Y
empeñados en oponer a la riesgosa
y titánica aventura de atacar, la
mecánica de dos línea de cuatro
acurrucadas en inmediaciones del
travesaño. Así no se crea fútbol; se
lo destruye. Se vio en Sudáfrica que
los mediocampos se asemejan a una
convención de cazadores, prestos a
salir de safari.
Para colmo, el espantoso ruido
de las vuvuzelas jodió los oídos y
rompió las guindas. Eso no es lo
único que puso de malhumor a los
que miraron, jugaron y “planificaron”
fútbol. El malparido que inventó
la “Jabulani”, pelota del mundial,
también tuvo y tiene culpas. Porque
la redonda viboreó o saltó más
rápido que una gacela; dobló, hizo
trompos y rebotó como un resorte.
Si no la cambian o mejoran, habrá
que recubrir con tela de abrojos todos
los botines para domesticarla,
amansarla, y tenerla pegadita al pie.
Gracias a los que saben, la redonda
no lució tan loca y casquivana. Ellos
– miembros de un clan minoritarioson
poseedores de un tacto distinto.
Seducen y acarician con amor a la
de cuero. No la revientan, la ponen
contra el piso. Juegan al toque, no al
pelotazo. Y arman paredes, pese a la
brigada de pica piedras decididas a
voltear todo lo que esté al alcance de
sus manos y de sus pies.
En ese círculo de los pocos elegidos
hubo varios argentinos con
alma de potrero y piernas endemoniadas.
Para alegría de los amantes
del juego bonito... Y para suerte de
Blatter y de sus socios de la multinacional,
a quienes sólo les importa
contar billetes. Esa pequeña cofradía
de traviesos y atrevidos urdió
la ilusión argentina. Desvanecida
no sólo por el bombardeo alemán.
Sino porque Argentina dependió de
quijotescas utopías ofensivas, imposibles
de conquistar la realidad con
un Messi jugando a 40/50 metros de
la valla adversaria. El crack rosarino,
se sabe, es pieza clave del “Rólex”
barcelonés. Pero mal trasplantado al
reloj de cuarzo argentino, se quedó
sin tiempo y espacio para crear toneladas
de genialidades (aunque algunos
kilos produjeron). Malabares
decisivos que se extrañaron. Y que
abrumarán por años la intimidad
del inefable Diego. Un Dios pagano
a quien el Dios divino no le otorgó
poderes para armar un gran equipo.
En el último acto del Mundial de
Sudáfrica no hubo tangos, sambas,
guarañas ni candombes. El “dungadunga”
de Brasil fue una insinuación.
Un carnaval desvaído que
perdió la brújula cuando dos tulipanes
florecieron a espaldas de Julio
César. A quien el “petiso” holandés
Sneijder le sentenció: “la suerte esta
echada”; y sin cruzar el Rubicón. El
alma guaraní se quedó sin arpa y sin
gloria cuando se le torció la tacuara
paraguaya a un tal Cardozo, contra
España. Los 23 orientales en cancha
llegaron en repechaje a Sudáfrica
empujados por Lavalleja y el “Pepe”
Mugica. Allí, alargaron la estadía
por garra, modestia, cierto orden,
una pizca de locura (la de Abreu
ante Ghana) y toda la suerte que, en
el mundo fútbol, modela destinos y
estadísticas. Fortuna que se trastocó
en infortunio, en el último segundo
de la emocionante lidia semifinal,
porque “Cachavacha” Forlán no
pudo desembrujar el travesaño alemán.
Francia partió muy temprano.
Fue una fría lágrima derramada
por el delirio astrológico de Domenech.
Una especie de Napoleón sin
arrojo ni talento, decidido a apagar
los fuegos revolucionarios de una
historia encendida en la Bastilla. Y
que rezumó con rigor jacobino en la
concentración, para repetir el drama
de María Antonietta. Los ingleses
deambularon perdidos. Al igual que
Tony Blair en la “tercer vía”. El “boom”
futbolero de la liga inglesa es un
fenómeno millonario montado por
extranjeros, alquilado por británicos.
Cuando los “piratas” inventores
del fútbol -pirateados en el gol de
Lampard ante Alemania- cambien
ese espejo, hallarán infinidad de
respuestas por los perdidos tesoros
del ayer imperial.
Los italianos, por su parte, imitaron
en las canchas al gobierno de
Berlusconi. Optaron por la mordaza
y el “catenaccio; carecieron de
la imaginación de Fellini y el desparpajo
de la Cicciolina. Otra vez,
fueron incapaces de ilusionar a la
afición y arrancarle un remedo de
la bella y enigmática sonrisa de La
Gioconda. Alemania arrancó con
ínfulas. Toda su artillería amenazaba
con aplastar a los batallones rivales
que se le cruzaran en el camino.
Pero, impensadamente, Serbia fue
para los teutones lo que Patton fue
para Rommel en la Segunda Guerra
Mundial. Luego, perforó todos los
flancos de la retaguardia Argentina.
Trascartón, hociqueó, humillado,
ante los “rojos” españoles. Un conjunto
que toca y toca y traza sobre
el verde lienzo dibujos plagiados
de la inspiración de los Velázquez,
los Goya y los Murillos. Pero no de
la furia legendaria de San Fermín.
Cuando España debutó en Sudáfrica,
arrastró ante Suiza la misma
impotencia que tiene Rodríguez
Zapatero con la deuda y la caída del
euro. Superó ese síndrome recién
contra Alemania. Ese concierto de
pincelazos colectivos simbolizó un
sutil y pacífico desquite a la bárbara
ofensa que Picasso describió en su
“Guernica”. Pero esa reconciliación
con su gran fútbol falto de “punch”
se esfumó en la final contra Holanda.
Un equipo que en cuenta gotas
y en miniatura retrotrae a la época
de la “naranja mecánica” de Cruyfft.
Es indiscutible que cuenta con tipos
capaces de dar pinceladas al estilo de
la escuela de Rembrandt. Robben es
uno de ellos. El brillo de su fútbol le
baja desde la pelada a los pies. Tiene
paladar negro para saborear goles. Y
emparda la fama que distingue a los
quesos de su país. Pero los muchachos
de Netherland jugaron la final
como si fueran laburantes a destajo
de la Shell, la gran empresa del reino.
Sudaron, trabaron y rascaron
sin descanso. Estuvieron a un tris
de llenar el tanque del avión ibérico,
para que Del Bosque y su gente enjugara
tristezas durante el regreso.
Pero no pudo ser y se quedaron con
una nueva frustración (la tercera en
su historia). No fue culpa del pulpo
Paul, sino de Casillas, Pujol, Xavi
Hernández, Navas (dribleador de
los de antes), Fábregas y el pelado
Iniesta (una mezcla de Platini y Bochini).
España ganó esta vez; gracias
al poder de Cataluña.
La historia ha enseñado que el
expoliado continente negro desparramó
esclavos por todo el orbe. Sus
descendientes, defendieron en el
Mundial los colores de Brasil, Portugal,
Francia, EE.UU., Inglaterra,
Holanda, Uruguay, Alemania, etc.
Un prócer del humanismo, Nelson
Mandela, padre de la Sudáfrica actual,
es el ícono reivindicativo de
todos ellos. El gobierno sudafricano
brindó a la Argentina una lección
ejemplar, sencilla y taxativa, para
evitar la inseguridad en el fútbol.
Apenas arribaron los “barrabravas”
argentinos, Sudáfrica despachó
de regreso a algunos de esos pesos
pesados del tablón. Otros, después,
también fueron deportados. Es
indudable que ese ejército de facinerosos
tuvo cómplices para financiar
el viaje y salir del país. Políticos,
funcionarios judiciales, dirigentes
de AFA (la AFA son los clubes, no
Grondona), futbolistas, técnicos y
policías, arreglan sus cuitas y lavan
u ocultan sus prontuarios. Por esos
amparos, centenares de indeseables
pasaron por Migraciones como
pasaban las valijas de Amira Yoma
en los ’90. En Olivos y Balcarce 50,
nadie puede ignorar cómo opera
esa mafia cuyos códigos de barras
son archiconocidos. Por ende, las
soluciones complejas a un problema
complejo no son imposibles; si hay
voluntad política. Y si se contrata
una consultoría de Sudáfrica para
implementarlas.
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