jueves 23 de febrero de 2012 |
Separador
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Un anciano pampeano es despojado de su campo y arrojado a la calle por sus despojadores a los 84 años de edad. Conversaciones con Carlos Crosetto es un diálogo de seis años entre el anciano y su sobrino, quien lo alojó en su departamento de Buenos Aires. Don Carlos falleció el 6 de enero de este año a los 91 años de edad. Publicamos aquí sus primeros diálogos.
Conversaciones con Carlos Crosetto
–Estás muy agitado. Te cansó la
escalera…
–Me parece que de acá no bajo
más. No puedo subir los dos pisos
otra vez.
(Se acerca al balcón)
–Se ve el cielo… Bastante cielo.
–Todo el cielo, tío. Si salís al balcón
ves todo el cielo.
(Se asoma con temor)
–Todo el cielo no. En Pico se ve
todo el cielo sentado en la piecita de
una casa. Y es más celeste que éste.
Acá si mirás adelante no hay cielo,
hay casas.
–Sí, tío, hay casas.
–En La Puma se ve todo, mirás
a la altura de la tierra, y al fondo, el
cielo. En La Puma se ve todo.
–Sí tío, en La Puma se ve todo.


II
–¡Me mirás con una cara! Pensás:
¡Qué viejo estúpido, se dejó robar!
Fue tu primera noche en Buenos
Aires, tío. ¿Dormiste bien?
–Sí. Anoche fui al baño. Hay demasiada
luz. Me miré en el espejo.
Estoy muy flaco. Me parece que de
ésta no salgo.
–Si comés con apetito en pocos
días te vas a reponer.
–¡Con apetito! Hijos de puta.
¿Te parece que me devolverán el
campo?
–Con calma, tío. Vamos a desayunar.
–Hijos de puta.


III
–Hola, tío. Dormiste una siesta
de tres horas…
–No. Habré dormido una hora.
Pensaba. Alguien dijo una vez:
“Muero contento, hemos batido al
enemigo”. Mis últimas palabras serán:
“¡Blanco hijo de puta!”.
–Desconectate un poco, tío…
¿Prendo el televisor?
–No, mejor no. Siempre, casi
siempre, aparece un campo. No
quiero ver un campo encerrado aquí;
eso sí me dolería mucho.
–¿Qué programas veías en tu casa?
–Miraba poco. Hace un año le
presté el televisor a la Susana. Se le
rompió el de ella, los chicos no podían
ver, me lo pidió y se lo presté; a
la tarde me sentaba afuera, en la parecita,
y miraba la calle.
–Veías el cielo.


IV
–¿Sabés algo de Pico? En el diario
no sale nada de La Pampa. De Pico
menos.
–Ni de La Pampa ni de ninguna
otra provincia, tío. Dios atiende aquí.
–Parece que es así. En las provincias
te roban, te matan, casi siempre
son los gobiernos y afuera no se entera
nadie. Qué los parió, hijos de puta.
–¿Antes era sólo Blanco y ahora
ya son todos, tío? ¿Cómo es eso?
–Blanco es uno de ellos. ¿Acaso
no es funcionario público? Blanco es
un hijo de puta, estafador, y algún día
pagará por lo que me ha hecho. ¿Sabés
que cortó todos los montes, los
de la manga también? Tanto que los
cuidó mi viejo… ¡Qué hijo de puta!
–Pensá en vos, tío, en tu nueva
vida en Buenos Aires, del campo se
encarga el doctor Nardillo.
–No puedo, necesito el campo,
hijo de puta.
Al viejo le brotaron dos lagrimones.
Lo abracé conmovido. Soltó el
llanto, un llanto calmo, profundo.
Parecía irse en un último gemido.
Un largo abrazo que nunca imaginé.
Era un cuerpo descarnado, sentía
mis manos casi tocando mi cuerpo.
Se sentó sin levantar la vista.
–Tío, ¿salimos al balcón?
–Siempre me basté solo. Ahora
me sacaron todo. ¿Qué voy a hacer?
La gran puta, mejor morirse ahora.
–Tío, pensá en otra cosa. Nardillo
está peleando por tu campo.
–¿Te parece que me lo devolverán?


V
–Buen día, tío… ¿con ganas de
caminar?
–Ya caminé bastante en la vida.
En Santa Fe, de chico, me pasaba el
día vagando, de la mañana a la noche.
Mi mamá estaba siempre a los gritos
buscándome.
–¿Hasta qué edad estuviste en
Santa Fe?
–Hasta los siete años. Antes de
venir a La Pampa estuvimos en Rufino,
Aaron Castellanos y Cañada
Seca. Yo nací en Cañada, mi abuelo
alquilaba un campito en una colonia
que era de los Anchorena. En la valija
que quedó en lo de Chiminelli guardo
un contrato de alquiler de aquella
época.
–¿Lo tenés?
–Sí, es el comienzo de la historia
de los Crosetto en la Argentina.
Cuando vino el príncipe Humberto
mi viejo fue el encargado de viajar a
Buenos Aires y le entregó la historia
de la familia en la Argentina escrita
en piamontés y lombardo. Ahora
me cagaron esos ladrones, se acabaron
los Crosetto chacareros. Yo
desconfié de entrada ¿Qué hacía un
cagatintas comprando el campito
del boliche de La Puma? Siempre
andaba merodeando un cagatintas,
un manyapapeles haciéndose el
chacarero, queriéndome comprar el
campo. Siempre le dije ¡no vendo ni
venderé, carajo! Estaba buscando a
quien cagar. Yo se lo decía a la Dora
por teléfono… si un día se acerca al
campo lo saco con la escopeta. Y me
cagó… arreglado con la Susana me
dejaron en la calle.
–Ya recuperarás lo tuyo tío. Hay
que ser optimista.
–La escopeta es lo que necesito, y
tenerlo a tiro.
–Dale, olvidate de eso ahora. ¿En
qué año llegaron a La Puma?
–En el año 1925. Entonces se llamaba
Campo Lando. Los primeros
que vinieron fueron los Ceresole,
le avisaron al abuelo Carlos Crosetto,
él vino y compró seiscientas
hectáreas. Al año estábamos todos
en La Pampa. Mi vieja lloraba todo
el día. Se vinieron los cardos rusos.
Para salir a la galería desde las habitaciones
tenías que usar la horquilla,
había que apartar los cardos rusos
que tapaban la casa y te pinchaban.
Reprendían fuego y al rato estaba lleno
de nuevo. En La Puma sólo había
pasto puna, cardos rusos y chamicos.
No llovía nunca y la arena te tapaba,
se metía por todos lados. A la noche
te ibas a dormir y las sábanas estaban
llenas de arena. ¡tanto que laburamos!
Desde el abuelo, mis viejos,
mis tíos, al principio vivíamos todos
juntos. Y ahora este mal parido me
roba el campo.
–Bajemos tío, vamos a tomar un
café.–
Bueno, pero ¿para subir después
las escaleras? Me lleva como media
hora…
–Vamos.
–Vamos.


VI
–Santa Fe era un jardín… agua,
flores, sauces; las iguanas, si te acercabas,
te daban coletazos y jugábamos
todo el día. Cuando llegamos al
Campo Lando nos queríamos morir,
tu mamá lloraba sin parar. Había
unos tunales de varias Hectáreas
llenos de arañas enormes y lechuzas.
Todo asustaba, todo daba miedo,
éramos chicos. Se acabaron las lagunas
de Santa Fe, las flores y los pájaros
cantores. En La Puma sólo había
caranchos, chimangos y un montón
de palomas torcazas que a la hora de
la siesta lloraban todas juntas- No era
un canto, era un llanto. Mi viejo sacaba
el pasto puna, uno a uno, matorral
por matorral, quería hacer la quinta
como en Santa Fe. Y la hizo, que lo
parió, cuánto trabajo duro.
–¿Qué edad tenía mi mamá
cuando llegaron a La Puma?
–Tenía siete años, era del 17. Mi
vieja se vino a La Pampa con sus
plantas del jardín; el viento las cortó
y secó en pocos días. Ella lloraba y se
quería volver, pero había que agachar
el lomo y laburar. Tu abuelo plantó,
uno a uno, todos los árboles que vos
viste. Con mi abuelo, el viejo Carlo,
iban y venían a Santa Fe a buscar
tamariscos, eucaliptos, álamos, acacias…
y ahora… ¿sabés que Blanco
cortó todos los árboles del campo,
todos los montes, el de la manga
también? ¡Tantos años de trabajo, lo
pagará algún día!
–Ya me lo dijiste tío, no pienses
más en eso.
–¡Qué no voy a pensar! Esos árboles,
el ruido de los eucaliptos allá arriba.
Era una música, crecí con esos árboles,
crecimos juntos y no están más
¡Hijo de puta! Sólo tengo que morirme
yo y se acabó todo, será lo mejor.
Se acabaron los Crosetto chacareros.
¡Bah! Ya se acabaron, yo ya no soy un
chacarero. Los chacareros tienen chacra…
yo no tengo nada…
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