jueves 23 de febrero de 2012 |
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Como sabemos, los textos escolares hablan raras veces de la participación de las mujeres en la historia, y cuando lo hacen suelen caer en estereotipos o en estigmatizaciones. Las mujeres poderosas solo son reconocibles si adoptan algunos rasgos masculinos, o si revisten características maléficas. Y del común de las mujeres, directamente no se dice nada o lo que se dice es por demás infantil. Mayo de 1810 no fue la excepción. Por Ema Cibotti*
Mayo y después: una nueva mujer
Por ejemplo, los bailes patrios que siguieron al 25 de Mayo de 1810, y se
reiteraron después de cada gran batalla ganada, son imaginados en los
actos escolares como graciosos minué que unían improvisadamente
a hombres prudentes y templados con mujeres ingenuas y modestas,
cuando en realidad eran las tertulias más esperadas por ellos y ellas, para
establecer un contacto físico casual que de otra manera era difícil.
Bajo la tenue luz de las velas, unas y otros entrecruzaban miradas
intensas, y sus cuerpos vigilados lograban rozarse, sin artificio, en la
casi penumbra del animado salón. Por cierto, las mujeres encontraban
luego, ocasiones para intimar con sus amores. Las más audaces llevaban
a cabo sus deseos, como el caso conocido de Dolores Helguera,
decidida a seguir al General Belgrano, y esto era más frecuente de lo
que suponemos hoy.
Pero eran actos que solo transcendían al conocimiento público en
ocasiones especiales y sobre los que hay escasa documentación y esta es
la primera y verdadera limitación para hablar de la historia del común de
las mujeres durante la Revolución, antes y después.
Por entonces, a nadie le importaba dejar un registro minucioso de
sus emociones personales, o de sus deseos, importaban las acciones públicas
y la intimidad era por definición, la reserva de sí, y una condición
de la decencia. Y esta concepción social y moral se mantuvo hasta el siglo
XX. La exposición de la intimidad personal que hoy es tan común, se
resiente de aquella que falta, y las narraciones lo suplen con la ficción y la
novela histórica, que por definición tienen carta libre para la invención.
Sin embargo, si a duras penas podemos seguir a las mujeres –y a los
hombres- hasta la alcoba, y entrever sus realidades domésticas, sí podemos
saber lo que sustancialmente significó la Revolución en sus vidas.
Porque la nueva situación histórica le dio a la mujer una función principal:
ser madre republicana. Y esta mujer imaginada como virtuosa y
sacrificada progenitora de los futuros ciudadanos de la patria, no fue solo
una “invención” masculina. Por el contrario, a diferencia de las matronas
de la Roma Antigua, nuestras mujeres, nuestras antecesoras, enunciaron
en primera persona sus derechos y tomaron iniciativas en los campos de
la política y la cultura que nos permiten reconocernos en ellas.
Y esto dicho en un doble sentido. Primero porque las fuentes que nos
hablan de la actividad de aquellas mujeres de Mayo, provienen de la misma
tradición de sus familias de origen. Son sus descendientas quienes
cuentan, orgullosas, a comienzos del siglo XX, las hazañas de sus antepasadas
durante la Revolución. Y en segundo término porque aquellas
acciones evocadas exponen el inicio de un “yo narrador femenino” que
cuenta la historia de otra manera. Veamos ejemplos.
En 18 de mayo de 1810, cuando ya se conocían en Buenos Aires las
noticias de la caída de la Junta de Sevilla y comenzaba la agitación
para definir la suerte del Virrey Cisneros y llamar a Cabildo Abierto,
un grupo de mujeres, con Casilda Igarzábal a la cabeza, le piden a
Saavedra que se pronuncie rápido. Casilda, esposa de Nicolás Rodríguez
Peña, solía recibir en su quinta -actual Callao al 900- a Castelli,
Belgrano y Vieytes, que con el dueño casa, integraban el grupo más decidido
de revolucionarios.
Dos décadas después, las “hijas de la Revolución” tomaron iniciativas
aún mayores. En la revista La Aljaba, Petrona Rosende de Serra,
escribió: “Argentinas de todos los pueblos del interior! con vosotras
hablo, compatriotas cordobesas, tucumanas, salteñas, santiagueñas,
y todas, unid vuestros ruegos con las porteñas; (...) Federales y unitarios
queden desarmados por nuestras súplicas (...) Roguemos a los
partidos: mediemos para que terminen sus divergencias; y si no ceden
a tan justa demanda, que vuelvan los puñales que amenazantes brazos
levantan contra la vida de la patria, que los vuelvan sobre nuestros
pechos; (...)”.
Esta suerte de súplica femenina se transformó más tarde en un desafiante
mensaje moderno. Irónicas y punzantes, las redactoras de La
Camelia (1852) escribieron: “sin ser niñas ni bonitas, no somos ni
viejas ni feas”. La mujer se emancipaba de la mirada tutelar del varón.
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Efrain
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