lunes 6 de febrero de 2012 |
Separador
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Ramos Padilla podría escribir un anecdotario con algunos hechos que vivió durante sus investigaciones en torno de los delitos de lesa humanidad. En medio de la densidad que encierran las causas en las que le tocó actuar, se mezclan algunos episodios distensivos como el que protagonizó con Hebe Bonafini y otros que forman parte de la grotesca psicología militar.
Marginales
AGRESIÓN Y TERNURA
“El primer contacto personal que
tuve con Hebe Bonafini en el juzgado
fue muy tenso. Ella vino con motivo de las
exhumaciones, a las que se oponía. Vino
con mucha agresividad, me trató duramente.
Yo tenía 29 años, imaginate qué
situación. Igualmente, me planté y le dije:
señora, las inhumaciones se van a hacer. A
lo que Hebe me contestó que ella se iba a
parar arriba de las tumbas para impedirlo.
Mientras ella me hablaba con esa crudeza
que siempre la ha caracterizado, yo sentía
una inmensa ternura por ella y por todas
las madres. Sabía que en el fondo tenía
razón. Pero le repetí que las exhumaciones
se iban a hacer y que si ella se oponía,
yo, como juez, iba a actuar. Yo no me iba a
limitar a exhumar restos y a quedarme
con esos restos: yo quería investigar y eso
es lo que hice y por eso mandé a prisión a
muchos represores y restituí varios chicos
de los que cayeron en manos de sus
apropiadores. Hace poco me volví a
encontrar con Hebe y recordamos aquel
encuentro, obviamente despojados de
aquellas tensiones, propias del clima que
se vivía entonces



¿NO ENTIENDE QUE ESTÁ
PRESO?
“Cuando fueron a detener al coronel
Sadi Pepa, el represor le dijo al cabo
de la policía provincial: ‘No, no, hoy
es viernes, yo tengo que viajar a Punta
del Este y además dejé el coche mal
estacionado’.
”Y el secretario que acompañaba
al policía le contestó: ‘¿Pero usted no
entiende que está preso?’
”El tipo tenía una soberbia como si
nada hubiese cambiado en el país”.



REAFIRMACIÓN DEMOCRÁTICA
“El día que yo ordeno la detención de
Riveros, firmo la orden con los fundamentos
del caso, lo hago esperar y mando
al secretario a leerle el texto para que
se notifique. Cada vez que entraba yo,
se paraba. Una, dos, tres, cuatro veces,
hasta que repetí la orden: ‘¿No le dije
que se quedara sentado?’
”Riveros me contestó: ‘Perdón, pero
estoy tan acostumbrado a que cada vez
que aparece un superior me tengo que
parar’.”
–¿Cuál fue su sensación?
“Al margen de lo que sentí como
ciudadano y como juez, y con 29 años
de edad, tomé aquella respuesta como
un acto de reafirmación de la incipiente
democracia




OBEDIENCIA DEBIDA
Otra de las anécdotas que Ramos Padilla
recuerda de aquellos días es la que
protagonizó el genocida Camps cuando
llegó a su juzgado y con toda la soberbia
encima, mandó al subcomisario que estaba
a cargo de la seguridad del juzgado
a comprar cigarrillos.
–¿Y fue?
“Sí, fue, y le puse treinta días de
arresto. Si en aquel momento Camps le
ordenaba al subcomisario que me metiera
preso a mi, seguro que aquel policía
cumplía su orden Camps todavía se
sentía el dueño de la vida y la muerte.
Ese día vino al juzgado con tres defensores
y armó un lío tremendo”.
Aquel subcomisario fue un precursor
de la ley de obediencia debida.



CAFÉ AMARGO
En la misma jornada en la que
Camps quiso mostrar su poder de mando,
su vigencia como comandante de
la muerte, sufrió la peor de las humillaciones
a manos de la mujer que servía el
café en el despacho del juez.
Ramos Padilla recuerda que por
aquellos tensos días, cuando la democracia
transitaba en medio de un
cúmulo de peligros y acechanzas, había
que ser muy cuidadoso en cuanto a
las garantías que el estado de derecho
debía ofrecer a quienes, justamente,
estaban siendo juzgados por haberlas
violado de manera sistemática.
“Teníamos que ser muy cuidadosos
y no responder a las provocaciones que
estos tipos nos hacían, seguramente
para encontrar argumentos para recusarnos”,
evocó.
Ramos Padilla ordenó al personal de
maestranza que sirviera café a Camps y
a sus acompañantes y minutos después
llegó la mujer encargada de esa tarea
con el pedido. Colocó varias tazas de
café sobre una mesa, una de las cuales
era para Ramos Padilla, quien acostumbraba
a tomar café en tazas grandes.
El primero que estiró la mano para
servirse fue Camps, quien intentó
tomar la taza más grande, objetivo que
impidió la encargada del servicio con
un sonoro “¡noooo, esa taza es para el
juez”, dijo mientras por el desencajado
rostro de Camps se deslizaban gruesas
gotas de sudor y sus manos temblaban
como una hoja de papel.
El genocida había sido testigo del
derrumbe de su poder omnímodo y de
paso recibía una ejemplar lección sobre
la igualdad ante la ley. ¶
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Efrain
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