lunes 6 de febrero de 2012 |
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EL TESTIMONIO DE MARÍN
MARÍN OFENDIÓ A LAS VÍCTIMAS
Y A LA MEMORIA HISTÓRICA



Por Juan Carlos Martínez

El testimonio que Rubén Marín dio ante el Tribunal Oral puso al desnudo su perfil ideológico y su connivencia con la dictadura militar. Decir que las víctimas de la salvaje represión buscan un resarcimiento económico es lo más grave que un dirigente político pudo decir frente a un tribunal de la república.
Mucho se ha dicho ya sobre el comportamiento que Marín tuvo durante la aplicación del terrorismo de Estado, tanto por sus acciones como por sus omisiones. La burda historia que contó para relatar su detención siete meses después del 24 de marzo de 1976 fue un anticipo de lo que pudo escucharse a medida que se le iban formulando preguntas.
Cuando el presidente del tribunal le pidió que relatara sus vivencias antes y durante el golpe cívico-militar, Marín creyó que su discurso aventaría el cúmulo de sospechas que siempre han rodeado su conducta frente a la dictadura.
Sin embargo, las cosas comenzaron a complicársele cuando el querellante comenzó a formularle algunas preguntas que ponían en evidencia sus contradicciones.
El primer tropezón que dio Marín se produjo a la hora de hablar del hallazgo de las picanas eléctricas, un tema que había tomado estado público a través de una versión periodística que recogió el diario La Arena.
Seguramente alertado de que esa versión (“habré dicho que las destruyeran”) podía colocarlo en los umbrales de un delito, cambió aquella explicación poniendo como excusa su falta de memoria y cargando la responsabilidad en los entonces ministro de Gobierno y jefe de Policía, ambos fallecidos.
Otro momento incómodo que pasó Marín fue cuando se le preguntó sobre los ascensos que él había otorgado a policías que su gobierno había sumariado por su participación en delitos de lesa humanidad.
“Habré firmado, no me acuerdo” respondió Marín como si con su aparente pérdida de memoria pudiera liberarse de la tremenda responsabilidad que le cabe por haber premiado a quienes no merecían otra cosa que la cárcel.
Entre los policías ascendidos por decretos firmados por el propio Marín figuran los torturadores Juan Domingo Gatica, Oscar Yorio, Hugo Marenchino y Carlos Reinhart y el médico que regulaba las torturas Máximo Pérez Oneto.

UN DETENIDO FANTASMA
Los vínculos de Marín con la dictadura quedaron más evidentes cuando el mutante dirigente justicialista se refirió a su detención en octubre de 1976, es decir, siete meses después del golpe.
De los noventa y cinco testigos que precedieron a su testimonio, ninguno de ellos dijo haber visto a Marín encarcelado. No menos sugestivo es que haya sido el único que en la Seccional Primera no fue esposado ni encapuchado ni torturado ni sometido a otro tipo de tormentos.
También fue el único que dijo que no le vio la cara a quienes lo interrogaron porque lo encandilaron con dos reflectores.
En los tres o cuatro días que dijo haber estado privado de su libertad, tampoco escuchó gritos ni la radio que los verdugos ponían a todo volumen para tapar los aullidos de las personas torturadas.
Cuando le preguntaron por algún compañero de cautiverio sólo recordó el nombre de una persona ya fallecida y aseguró que no vio a nadie que haya sido golpeado.
La reflexión más grave que hizo Marín se produjo cuando se refirió a un segundo juicio que tendrá lugar el año próximo y que ha sido promovido contra Carlos Aragonés y el propio Marín, acusados de delatores, y en el que están involucrados los policías y los cuatro médicos que participaron en violaciones a los derechos humanos.
Marín deslizó sin eufemismos que quienes han impulsado el juicio tienen como objetivo obtener un resarcimiento económico. Hay que ser cínico para cuestionar uno de los aspectos contemplados en una ley reparatoria en favor de las víctimas mientras sus verdugos fueron premiados con reincorporaciones, ascensos, medallas y millonarias indemnizaciones.
Las convicciones republicanas de Marín quedaron reflejadas en la forma en que mencionó a los genocidas Baraldini y Videla: a ambos los llamó “señores”.
El lenguaje no es ajeno a la ideología.











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