lunes 6 de febrero de 2012 |
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Personalidades de diversos sectores de la sociedad suscribieron un documento para expresar su solidaridad con Cuba frente “a la feroz contraofensiva lanzada por el gobierno de Estados Unidos” contra ese país, sometido durante medio siglo a un devastador bloqueo. El documento expresa textualmente.
Somos solidarios con cuba
rasgos que definen el momento actual de América Latina es la feroz contraofensiva lan¬zada por el gobierno de Estados Uni¬dos para “normalizar” la situación de su patio trasero, radicalmente altera¬da desde finales del siglo pasado por la aparición de una serie de gobiernos progresistas y de izquierda en diver¬sos países de la región. La primera manifestación desembozada de este contraataque imperial fue el apoyo otorgado por la Administración Bush al golpe de estado perpetrado en Ve¬nezuela en Abril del 2002, conjurado gracias a la movilización de los secto¬res populares que salieron a las calles a reclamar la reinstalación en el Pala¬cio de Miraflores del legítimo presi¬dente constitucional de ese país, Hu¬go Chávez Frías. La derrota sufrida en la cumbre presidencial de Mar del Pla¬ta de 2005, cuando aquellos gobier¬nos unieron fuerzas para derrotar al ALCA, el más importante proyecto estratégico de la Casa Blanca para esta parte del mundo en mucho tiempo, unida al fracaso de la aventura golpis¬ta en Venezuela ocasionaron el mo¬mentáneo abandono de este proyecto y alentaron las esperanzas de un cam¬bio en la política de Washington hacia América Latina.
Sin embargo, en llamativa coin¬cidencia con el anuncio de Brasilia acerca del descubrimiento de im¬portantísimas reservas de petróleo en el litoral paulista el presidente Bush ordenó la reactivación de la IV Flota, que había permanecido des¬activada desde 1950, un gesto beli¬gerante que actualizaba la primacía de la estrategia desestabilizadora e intervencionista de la Casa Blanca. El cambio de gobierno y la asunción de Barack Obama no modificó en un ápice el curso belicista adoptado en los tramos finales de la Administra¬ción Bush sino que lo profundizó al firmar un tratado con el gobierno de Colombia autorizando la instalación de siete bases militares, –así como de cualquier otra que requiera– en di¬cho país, al convalidar el golpe de es¬tado en Honduras y las fraudulentas elecciones que le siguieron, al apro¬vechar la tragedia del terremoto hai¬tiano para desembarcar en ese sufri¬do país una fuerza de ocupación que asciende a unos veinte mil hombres y al desencadenar una impresionante campaña internacional en contra de Cuba, país que al no poder doblegar militarmente en Playa Girón ha sido sometido durante medio siglo a un devastador bloqueo que ha costado miles de vidas cubanas, enormes sufrimientos para su población y un perjuicio económico que ya equiva¬le, en términos actuales, a dos planes Marshall.
Todos estos antecedentes son ignorados –¿a sabiendas o no?– por un grupo de personalidades que en fecha reciente han denunciado, con envidiable celo y una fenomenal ig¬norancia –o tal vez una enfermiza mala fe– la supuesta violación de los derechos humanos en Cuba. Su de¬claración fue promovida e impulsada por una organización íntimamente ligada a distintas instituciones de la derecha radical norteamericana, un ámbito poco propicio para desarro¬llar un enfoque mínimamente objeti¬vo sobre un tema como el que preocu¬pa a los firmantes. No sorprende, por lo tanto, que el resultado no sea otra cosa que una reiteración de los lugares comunes del discurso anticomunista de la Guerra Fría. En ella se reprodu¬cen fielmente el discurso intervencio¬nista y desestabilizador del gobierno de Estados Unidos, mismo que luego es multiplicado por su amplia red glo¬bal de “organizaciones no guberna¬mentales” amigas (financiadas casi todas ellas con dinero del gobierno norteamericano), la “prensa libre” de numerosos países (esa para la cual los continuos asesinatos de periodistas en Honduras no constituyen objeto de preocupación), y las fuerzas políti¬cas democráticas del continente, que incluye no pocos personajes tradicio¬nalmente complacientes con cuanto golpe de estado se haya ensayado en la región. Estos autoproclamados custodios de los derechos humanos, que ahora reclaman perentoriamente la liberación de todos los “prisioneros políticos” en Cuba, permanecieron en silencio ante el criminal bloqueo norteamericano, condenado por la casi totalidad de los países que cons¬tituyen la ONU, el genocidio perpe¬trado en Gaza, las masacres de los golpistas hondureños, las aberrantes violaciones de los derechos humanos en Estados Unidos, donde la tortura es admitida y legalizada, o ante las atrocidades cometidas por el gobier¬no de Álvaro Uribe en Colombia (que frenaron en el propio Congreso de Es¬tados Unidos la ratificación del TLC entre ese país y Colombia). Callan también ante los atropellos a los de¬rechos humanos que se producen en numerosos países de la región, desde la aplicación de la legislación antite¬rrorista para enfrentar los legítimos reclamos de las comunidades mapu¬ches en Chile hasta la escandalosa si¬tuación que prevalece en las cárceles de nuestro continente y el persistente avance de la criminalización de la pro¬testa social.
Pero ante la voz de orden del im¬perio se conjuran disciplinadamente para condenar a Cuba, haciendo caso omiso de que en este país los “disiden¬tes” son, en su gran mayoría, personas que reciben directivas y dineros de la Sección de Intereses de Estados Uni¬dos en La Habana, todo lo cual está plenamente documentado e inclusive filmado. Se rasgan las vestiduras ante el tratamiento dado a personajes que la legislación vigente en cualquier país del mundo, comenzando por Estados Unidos y siguiendo por la Argentina, consideraría como “infames traidores a la patria” pero que Washington y sus epígonos entre nosotros no vacilan en calificar como sufridos “disidentes políticos” merecedores de su incon¬dicional apoyo. Para los firmantes de esa declaración los derechos hu¬manos y la política en general son cuestiones que pueden analizarse del mismo modo en que el matemático calcula las formas geométricas: para ellos no existe la historia, no hay lugar para pensar en las contingencias con¬cretas de la coyuntura, y el hecho de Cuba estar asediada durante medio siglo por la mayor potencia militar e industrial del planeta es una nimie¬dad que para nada perturba su hipnó¬tica contemplación de las inmutables esencias de los derechos humanos y la vida política. De ahí la inmoralidad de aplicar un doble rasero frente a esta situación: “olvido” en relación a lo que ocurre en Estados Unidos (entre otras cosas, las atrocidades cometidas a dia¬rio en Guantánamo o la injusta e ile¬gal condena a la que están sometidos los cinco luchadores antiterroristas cubanos) y una maniquea manipula¬ción mediante la cual un mercenario al servicio de un agresor extranjero se convierte en un “disidente político”. Inmoralidad en la cual incurre, dicho sea de paso, también el Parlamento Europeo al implicarse abiertamente en esta campaña anticubana.
Le asiste toda la razón a Silvio Rodríguez cuando en un reportaje reciente dijo que “a cada instante se habla peor de Cuba, la mayoría de las veces sin fundamentos, sólo porque lo desean los que pagan, los dueños de la llamada Gran Prensa y del 90 por ciento de Internet; los mismos sinvergüenzas que hace 50 años nos tienen bloqueados de todo, menos de su sacrosanta información.” Esos mismos sinvergüenzas y sus acólitos están renovando sus esfuerzos para acabar con la revolución cubana y si bien el bloqueo no explica la totalidad de los problemas y desafíos que atri¬bulan a Cuba es completamente im¬posible comprenderlos y resolverlos sin remover ese factor fundamental. Para Cuba y para cualquier otro país que tuviera la desgracia de hallarse en una situación similar. Mal que le pese a la Casa Blanca, medio siglo de agresiones, sabotajes y bloqueos no hicieron otra cosa que agigantar la ejemplaridad de la revolución cuba¬na. Una ejemplaridad que reposa fir¬memente sobre su internacionalismo solidario –manifestado en la ayuda ofrecida inclusive a las indefensas víctimas del Katrina en el propio co¬razón del imperio, que aún esperan la ayuda de Washington– así como su extraordinaria generosidad pa¬ra enviar sus médicos, trabajadores sociales y toda clase de personal es¬pecializado allí donde sea necesario, en cualquier parte del mundo; o para hacer posible la derrota del racismo en Sudáfrica y abrir las puertas para la democratización de ese país; o su enorme contribución a la salud públi¬ca de los pueblos del mundo gracias a la labor de la Escuela Latinoamerica¬na de Medicina, o a la lucha contra el analfabetismo, plaga que aún azota a nuestros países pero completamente erradicada en Cuba y, por extensión en Venezuela y Bolivia gracias a la ayuda de la primera.
Por todo lo anterior Cuba consti¬tuye un pésimo ejemplo para el im¬perio. De ahí que, en una iniciativa insólita, el propio gobierno de Esta¬dos Unidos haya diseñado en un do¬cumento oficial el plan para “acelerar el cambio de régimen en Cuba”, eu¬femismo utilizado para no tener que decir que es un proyecto destinado a fomentar una sangrienta contrarre¬volución. Para lograr ese objetivo no reparan en límites morales de ningún tipo, y la mentira y la difamación están a la orden del día, desde fomentar es¬trategias suicidas de huelgas de ham¬bre hasta saturar las comunicaciones con toda clase de falsedades como las que estamos comentando. Lo hacen porque, tal como tal como lo asegura Evo Morales, “Cuba es un modelo en el mundo en cuestión de Derechos Humanos y solidaridad, por la ayuda que presta a otros países del mundo, en especial, a los más necesitados en áreas como la salud y la educación.” En pocas palabras, un mal ejemplo.
Por consiguiente, mal pueden autocalificarse como “progresistas” o de “izquierda” quienes prestan su nombre para avalar tamañas infamias e impiden, con su anacrónica menta¬lidad de la Guerra Fría, una genuina discusión sobre los déficits que, en materia de derechos humanos, justi¬cia social y democracia afectan a los países latinoamericanos. Tampoco son dignos de ese nombre quienes reclaman de los gobiernos de la re¬gión que profundicen el castigo y los sufrimientos infligidos desde hace medio siglo a los cubanos. Deberían en cambio dirigir sus tan rotundas demandas al gobierno de los Esta¬dos Unidos, y exigirle, con la misma enjundia que ponen en descalificar a la víctima de sus agresiones, el inme¬diato levantamiento del bloqueo y el respeto a la autodeterminación del pueblo cubano.
Terminamos esta declaración reproduciendo dos preguntas de las muchas que Silvio Rodríguez hicie¬ra en su debate epistolar con Car¬los Montaner: “Si un huelguista de hambre exigiera que Obama levan¬tara el bloqueo ¿lo apoyaría el Grupo Prisa? Si los miles de cubanos que per¬dimos familia en atentados de la CIA hiciéramos una carta de denuncia ¿la firmaría Carlos Alberto Montaner?” Agregamos nosotros: ¿la firmarían quienes reclaman la liberación de los “presos políticos” en Cuba?
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